Cuando nos detenemos a mirar a nuestro alrededor, vemos muchas buenas historias, algunas simples y sencillas, que perfectamente nos recuerdan lo valioso de la vida y lo pequeña que puede ser la misma en un mundo tan grande.
Puedes ver a una madre gatita alimentando a sus felinos, y luego mirar cómo los limpia, o una hormiga luchando con su migaja de pan para llevar a su casa, un pajarito buscando ramitas para hacer su nido más grande y poder hacer que sus huevos estén protegidos. Cosas simples y perfectas en sí mismas, finales que comienzan y vuelven a finalizar en un círculo interminable que es la vida.
Nosotros tenemos finales felices también: un buen negocio, una película que terminó increíble, un rico café con un pan exquisito, un buen abrazo esperado con ansias hace mucho tiempo, un mensaje de texto que nos anima, un éxito de un hijo; tenemos muchos finales felices.
Haciendo cabeza en estas cosas, un día conversando con una amistad, le decía: «¿Cómo será mi fin?». ¿Cómo enfrentaré a ese momento? Y me recordó este versículo: Filipenses 3:20 (NVI) dice: «En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde anhelamos recibir al Salvador, el Señor Jesucristo»
Si lo que dice ahí es verdad y obviamente lo creo con cada porción de mi ser, aquí solo estamos de paso, mi número de identificación es temporal, mis finales aquí son pasajeros, hasta mis dolores y tiempos difíciles, y eso nos debería alegrar mucho. Caminar para llegar a esa patria, a esa ciudad, a esa nación debería siempre estar presente en nuestro corazón.
¿Y tú, ya eres ciudadano del cielo?
PabelBG.

